Es una mañana de junio y la primavera, exhausta y tierna, da sus últimos suspiros sobre la vega del Jarama.
El sol, aún joven, derrama su luz oblicua sobre los campos, dorando los olivares como si fueran monedas de un tesoro antiguo. Un viento templado peina las copas de los olmos, que flanquean los caminos como columnas verdes de un templo natural.
A lo lejos, se yergue el corazón de esta ciudad recién nacida: la Real Fábrica de Paños, simétrica y majestuosa, como una idea trazada con compás sobre el papel de los reformistas.
Sus muros de piedra clara y ladrillo relucen con solemnidad. El tejado de teja curva y los balcones de forja oscilan entre la sobriedad castellana y el refinamiento francés. No es sólo una fábrica, es un manifiesto para el progreso del Reino de mano de la benefactora monarquía.
La Plaza de España nos recibe recogida, casi íntima, con su geometría perfecta y sus casas hermanadas: ladrillo y pedernal, aleros de madera, buhardillas silenciosas, tiene una sobriedad y sencillez no exenta de esa discreta monumentalidad propia de la arquitectura civil castellana.
Todo rezuma orden, dignidad sin exceso. Un panadero abre su horno: el aire se llena de pan caliente y humo dulce. Una mujer riega con agua clara la puerta de la botica. La vida comienza sin ruido.
Al fondo, la Plaza de Fernando VI se abre redonda, serena, como un ojo urbano que espera aún su pupila: una fuente, una estatua, un gesto monumental. Niños corren, esquivando a los adultos que ya negocian lino y agujas en la lonja. Hay armonía sin alarde, propósito sin ostentación.
Cruzamos el umbral de la fábrica. En el gran patio central, una fuente murmura como si susurrara secretos a las paredes. Se hila, se carda, se tiñe. Los telares no hacen ruido, sino música. Aquí todo fluye con precisión: el orden no es tirano, sino compañero.
En las alturas, los tendederos cuelgan madejas teñidas de carmesí y azul de Prusia, ondeando como banderas del trabajo ilustrado. Desde el balcón noble, el gobernador don Teodoro Ventura de Argumosa, pluma en mano y mirada de estadista, supervisa con rigor y esperanza. Ha ordenado plantar más acacias, desviar un canal para alimentar el batán, y anota cada decisión como quien escribe el porvenir.
Más allá de los muros, se despliega el orden agrario: caceras, acequias, molinos de papel, lavaderos. Todo en su sitio, como grabado en una lámina de ingeniero militar. Aquí nada es fruto del azar: esta ciudad ha sido soñada, medida, fundada sobre un ideal.
Así es el Real Sitio de San Fernando de Henares.
Una ciudad nueva.
Una ciudad ilustrada.
Un sueño de piedra, agua y trabajo al borde de la vega.
Un relato de Luis Ángel Zas Rodríguez
San Fernando de Henares, 8 de junio de 2025

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